De cómo la electricidad es útil para explicar la cultura

Durante los cursos que suelo dictar, tarde o temprano nos vemos confrontados con la necesidad de explicar qué es la cultura. Tarea ardua si las hay, dado que circulan en estos momentos más de 500 definiciones en todo formato, color y escuela de pensamiento. ¿Cómo darle un sentido práctico, sensible y a la vez operativo del concepto que sea útil para el diseño y gestión de proyectos, emprendimientos y organizaciones?
Ante este dilema, me gusta ensayar una y otra vez el siguiente ejercicio:. estando en un aula o dictando una clase por videoconferencia suelo sorprender a mi eventual audiencia con la pregunta: ¿dónde está la electricidad ahora, en este momento? (Hágase usted mismo esta pregunta, estimado/a lector/a). 
Empieza entonces un simpático revoleo de miradas queriendo hurgar en los intersticios de las paredes, en los orificios de los tomacorrientes y a través de las lámparas que cuelgan de los techos. Finalmente vuelven las miradas a mí cargadas de cierto escepticismo: “en todas partes” suele escucharse. Pregunto a continuación cómo podemos saber si hay electricidad, partiendo del supuesto que nadie osaría poner sus falanges en algún tomacorriente para descubrirlo.
De nuevo un cierto estado de ausencia generalizada en búsqueda de una respuesta coherente a una pregunta aparentemente tan sencilla. Entonces empiezan entusiastas las respuestas: sabemos que existe porque se manifiesta en la iluminación, en el sonido, en el calor y la lista se completa con todo lo que sabemos que puede hacer la electricidad. Propongo además que la electricidad es intangible, que no se puede “tomar cien gramos de electricidad” en la mano y pasarlo al vecino y sabemos también que la sustancia que da vida a la electricidad ha sido y es siempre la misma en cualquier época y lugar.  Por último, aclaro que para que la electricidad pueda realizar su tarea requiere de redes de flujo por donde circular en la sociedad, leasé: centros de distribución, cables, puntos de contacto y otros. Concluimos entonces que la electricidad es una energía indispensable para la vida humana, dado que nuestro cuerpo se mueve gracias a impulsos eléctricos y que es también indispensable en la sociedad, dado que es un componente esencial de la vida moderna y colabora necesariamente con nuestra evolución como especie.
Bien, hecha esta reflexión solicito a mi audiencia que cambie la palabra “electricidad” por la palabra “cultura” y el efecto es el mismo. Si pensamos a la cultura como una energía social transformadora inherente al ser humano, sabemos que esta existe porque se manifiesta en la forma de expresarnos, de hablar, de educar, de legislar, de soñar el futuro y de honrar el pasado. Cada país, cada pueblo, cada barrio y cada familia tiene su particular y única manera de “procesar” esta energía y es la sumatoria de todas y cada una de estas partes las que definen las identidades y las pertenencias.
Queda entonces clara cuál es la función del profesional de la cultura: comprendiendo estos procesos es el responsable por crear los canales de circulación y de distribución de esa energía que llamamos cultura con el fin de que esta pueda producir sus efectos en la sociedad. Ya sean gestores culturales, emprendedores de las industrias culturales, funcionarios de gobiernos o de organizaciones sin fines de lucro, todas estas personas crean las condiciones adecuadas, dependiendo de cada época, lugar y contexto, para que la cultura pueda manifestarse y realizar su noble tarea: lograr que los humanos seamos cada vez más humanos.

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