Úselo y tírelo o la no obsolescencia de la cultura

Oct 10, 11 Úselo y tírelo o la no obsolescencia de la cultura
Si su abuela le dice que en su juventud los electrodomésticos duraban mucho más, la venerable anciana tiene absoluta razón. La imagen que acompaña este post es el de la llamada ‘Lámpara de Livermore’ y cumple 110 años de estar encendida de manera constante en un cuartel de bomberos de la homónima ciudad norteamericana. Esto equivale a más de 1,250.000 horas de encendido constante que es bastante más de las 1000 horas que suelen (o solían) durar nuestras familiares bombillas o lamparitas antes de la llegada de las modernas de bajo consumo.


Siguiendo una nota aparecida en un periódico argentino, esta lámpara simboliza mucho más que un logro tecnloógico. En realidad representa el momento en el que la industria concibe el concepto conocido como “obsolescencia programada”. Esto es, la determinación por parte del fabricante del tiempo de vida útil de cualquier producto que circula en el mercado. Cuenta la historia que en la navidad de 1924, los representantes de las principales fábricas de bombillas reunidos en Ginebra, llegaron a un acuerdo secreto por el cual limitarían la vida útil de estos artefactos, dado que la durabilidad atentaba contra el negocio.

En otras palabras, la vida útil de un producto ofrecido en el mercado no está determinada por cuestiones tecnológicas, sino que, al igual que los paquetes de comida, tienen una fecha de caducidad definida por el fabricante. “La vida media de las bombillas de iluminación general no debe ser garantizada u ofrecida por otro valor que no sea 1.000 horas” se puede leer en el documento no oficial denominado “Definition of lamplife” con el cual el grupo de fabricantes reunidos en Ginebra presionó a otros fabricantes para atenerse a este principio. Se fija así una norma que se extiende a nuestros días (los teléfonos celulares que no pueden cambiar su batería al agotarse, la supuesta vida útil de las impresoras y miles de otros productos). Las consecuencias en nuestros hábitos de consumo son trascendentales. Para las nuevas generaciones la obsolescencia de los productos es un dato natural, dado que a cada versión de un producto le seguirá seguramente una nueva versión, que estaremos urgidos por poseer. Las consecuencias no son sólo psicológicas (el consumo compulsivo). Las secuelas en el campo de la ecología son preocupantes tanto por el lado de la depredación de recursos naturales así como de los residuos que genera este consumo. 

Con la cultura y la creatividad ocurre exactamente lo contrario. Es difícil imaginar la versión 2.0 del libro “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez o que Hamlet de William Shakespeare sea sacado de circulación por haber excedido un máximo de horas en las bibliotecas del planeta. Es cierto que las sagas pueden extenderse de manera casi ilimitada, como es el caso de Harry Potter, pero contrariamente al hábito de consumo sin frenos que proponen muchos fabricantes, un exceso de buen consumo cultural nunca será dañino ni para la salud ni para el ambiente. 

Para saber más sobre la “obsolescencia programada” vea la serie documental emitida por la televisión española “Fabricados para no durar” el pasado 11 de octubre.

Vea los videos aquí:


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