Las cartas y la cultura

Jun 03, 13 Las cartas y la cultura

Entre las pocas cosas que me acompañan a todas partes tengo una cajita de cartón, curiosamente del Correo Argentino. En ella guardo, entre fotos de todas las épocas y objetos que disparan mi memoria hacia alguna persona en particular, cartas escritas a mano de distintas épocas.

Cartas que me han escrito mis hermanos del alma cuando salí al exilio hace ya demasiado tiempo, contándome la cotidianeidad de la que ya no formaba parte. Cartas que hicieron esfuerzos inconmensurables para llegar hasta mi atravesando censuras, ineficiencias y quién sabe cuántas trabas más. Cartas que podían demorarse meses en atravesar una distancia que la modernidad recorre en décimas de segundo.

Ahí están las letras de amores que atravesaron mi universo como estrellas fugaces haciendo más luminosas y cálidas las largas noches invernales del norte. Y también amores que no fueron, que tuvieron toda la buena predisposición para cobijarse entre ternuras y susurros pero que ¿la distancia? ¿el miedo? ¿las “circunstancias”? no permitieron que sean. Amores que  merecieron ser por las intensidades de las frases y los adverbios usados. ¿En qué se convierten esos amores que no fueron?

También están las cartas manuscritas de otros seres queridos que triangularon añoranzas conmigo desde otras partes del mundo, Suecia, España, Venezuela. Palabras que cada tanto tiempo me gusta releer y conservan intacta su frescura, ese “hola, ¿cómo estás?”  como una voz que regresa del pasado detenido exactamente en ese Buenos Aires, 3 de abril de 1978 cuando cierto formalismo le daba estructura de carta a las cartas.

Pensaba entonces que la cultura, esa dimensión inmensa del ser humano, se parece a estas cartas llenas de simbolismo y de emoción. Releerlas no es simplemente sentarse a leerlas, es sumergirse en una experiencia que me transporta a otros tiempos, otros diálogos, cuando ocurrían otros sucesos pero que definitivamente hablan de quien soy hoy y probablemente den pistas para saber quién seré más adelante. Algo que la inmediatez de las nuevas tecnologías aún no ha sabido reemplazar.

Esas cartas narran mi identidad, mi pertenencia, mi origen y mis futuros probables. ¿Qué hubiera pasado si… aquel inmenso amor del que sólo quedan hojas escritas se hubiera concretado? ¿Qué hubiera pasado si… no hubiera ocurrido ese giro insospechado que terminó llevándome al norte cuando iba para el sur? ¿Qué hubiera ocurrido si…?

A veces me pregunto si habré hecho alguna clase de trampa fotocopiando algunas de las cartas que envié, como para tener más completa la secuencia de la historia. Como si no me quisiera perder el vaivén de las palabras, permitiéndome reconstruir con mayor exactitud hoy lo que la memoria se empeña en borronear.

Imagino y enseño en mis clases de marketing y cultura que quienes trabajamos en cultura somos como los dramaturgos quienes con los mismos ingredientes esenciales crean y recrean escenas hasta encontrar la más adecuada, la infalible, la única posible. A sabiendas que en realidad no hay una única salida posible y válida. Porque esa es la esencia de la creatividad: sorprendernos.

Es curioso que en español la palabra “cartas” sea también sinónimo de naipes… como si cierto azar estuviera involucrado en la narración de nuestras historias. Y tal vez ese sea el elemento mágico que hace que cada narración cultural, sea un libro, un cuadro, una película, una comida  o una canción,  sea única e irrepetible, como nuestras vidas.

1 Comment

  1. Hola Gerardo, coincido con todo tú relato, yo también tengo una cajita de cartón con cartas que para mi tienen un alto valor de afecto y recuerdos y marcan el camino familiar y personal recorrido y posiblemente quienes somos y seremos. Una carta es un símbolo absoluto de cultura y de intercambio de lazos que unen vidas a psar de la distancia. Es muy mágico.
    Te felicito por tú newsletter. Muy interesante.

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